martes, 10 de agosto de 2010

CAPITULO V: PERDIENDO LA CORDURA

- Hola – me limité a decir esperando una respuesta rápida de lo que quería, para salir rápidamente de allí, así no se daba cuenta de mi nerviosismo y mi cambio de color en las mejillas.

- Alma, ¿cómo estás?

- Bien – quedamos un minuto en silencio, yo miraba a un costado llena de vergüenza y él no me quitaba los ojos de encima. Me dieron unas ganas imperiosas de preguntarle que era lo que quería y porque me estaba llamando con aquel rostro hermoso, despreocupado y contento. Era malvado, ¿por qué lo hacía?

- Vine a verte ¿sabes? No me preguntes porque, pero tenía muchas ganas de verte. Estuve toda la semana discutiendo conmigo mismo de si venir o no. Disculpa que te diga todo esto de esta manera, no quiero que te asustes, ni quiero que te preocupes. Tampoco quiero que te sientas obligada a algo; simplemente tenía ganas de venir y decírtelo. Es extraño todo esto. – lo miré automáticamente, él siguió hablando por unos minutos mas, mientras yo no entendía mucho lo que decía, ni porque lo estaba diciendo, ni el sentido que todo esto tuviera. Lo miraba seguramente con una cara de asombro, mezclada con una atención por demás, tanto que sentía que dejaba de escuchar de a ratos para adentrarme en lo que me intentaba decir, estaba absorbida por la vergüenza. – no debería de estar aquí, se van a enojar o peor.

En ese mismo momento si presté atención a lo que había dicho, dejando atrás mi análisis de cada palabra que decía a medida de que pasaban las 5 frases. Me concentré en su “no debería estar aquí, se van a enojar o peor”. ¿A que se refería? ¿Mi hermano Manuel luego de verme hablar con el, a escondidas mías fue amenazarlo de muerte? ¿Cómo pudo? Esa maldita manía de no dejarme en paz. Pero estaba hablando de más de uno, ¿mis otros hermanos lo habrán llamado en complicidad de Manuel? ¿Qué otra cosa podía ser? De todas maneras no quise decir a que conclusiones había llegado, quizás no tenía nada que ver y metía la pata haciendo que el se asustara de verdad ante hermanos celosos capaces de todo con tal de que la vida de su hermana sea imposible.

- ¿De quiénes estás hablando? ¿Quiénes se van a enojar? – me miró con cara de sorprendido, como si eso lo hubiera querido decir para sus adentros y no en voz alta.

- No, de nadie. No te preocupes. Me tengo que ir. Adiós.

- ¿Cómo? Hace un minuto me estabas diciendo que viniste porque querías verme y no se que otras cosas extrañas. ¿Y ahora me dices que tienes que irte luego de que comentaras algo que yo sinceramente no entiendo?

- Si lo se, discúlpame. Pero es mejor que me vaya. Adiós Alma. – y se fue tan rápido como vino, me quedé allí atontada intentando pensar el porque de sus palabras, desde que quería verme hasta de su “se van a enojar”. No entendía nada.

- ¡¡¡Ali!!! – gritó Flor mientras sentía que corría hacia mi – ¿estás bien? ¿Qué pasó? ¿Te hizo algo? Mirá que si te hizo algo...

- ...no nada, no pasó nada. Fue totalmente extraño en realidad. – la interrumpí antes de que empezara a hablar más y más.

- Si me di cuenta, de repente reía, de repente sonrojó y de un momento para el otro palideció y se fue. Tú te quedaste ahí parada. Creí que algo malo había pasado. Les dije a los demás que no vinieran por las dudas, quería saberlo antes.

- Hiciste bien, realmente no pasó nada. Solo tuvimos una corta conversación.

- ¿Qué te dijo Alma? No me digas que nada, porque esa cara no proyecta un nada, ni siquiera proyecta una buena conversación.

- Me dijo que... – me interrumpí un poco pensando en si decirle la verdad o no esta vez, de seguro me iba a decir que me alejara de él. O algo por el estilo y se complicaría más las cosas. Pero Flor se entristecería que yo no le contara mis cosas y las descubriera por ahí en algún momento, aunque hayan pasado mil años, no me lo iba a perdonar tan fácil. – vino a verme a mí hasta aquí.

- ¿Y qué más? No creo que por eso haya puesto esa cara pálida, quizás la rojiza, pero no la pálida. - le comenté lo que había pasado. Me miró con miedo y preocupación. Su cara se convertía en la de una madre. No la culpo, si ella estuviera en mi lugar yo pensaría lo mismo, diría lo mismo y la cuidaría igual. Le dije un par de cosas para que se tranquilizara, le prometí no meterme en problemas, aunque no estaba segura de que me creyera. Aunque lo disimuló muy bien en su “Te creo Alma”. Ni yo me creía, me sentía ahora más atraída hacia ese chico misterioso.

Nos fuimos hacia donde estaban los chicos, todos me miraron como para preguntarme que había sucedido, pero agradecí la cara amenazadora de Flor para que no me preguntaran nada.

Marché hacia casa lentamente todavía pensando en lo que aquel chico me había dicho, no estaba convencida con nada de lo que Flor me propuso como posibilidades. Estaba a punto de llamar a mamá, cuando recordé nuevamente que no era algo bueno de hablarlo con una madre a pesar de ser mi confidente, cosas así no se las podía contar, seguía siendo mi madre y se preocuparía.

No aguantaba la inquietud, ni la intriga y menos la ansiedad de esperar a verlo quién sabe donde para preguntarle que quiso decir y porque quería verme. Me olvidé de la promesa que le hice a Flor, entonces di una vuelta sumamente brusca, no me di cuenta ni siquiera que podría haber estrellado contra un árbol, pero no pensé en eso y seguí aumentando la velocidad para llegar rápido a la casa de Nahuel. Era la segunda vez que me iba de esta manera sola.

Mi auto corrió y corrió por la carretera, hasta llegar a destino. Me quedé dentro del auto enfrente de la casa, dudando de si tocar o no esa puerta. Tenía razones y argumentos suficientes como para tocarla, y charlar con él. No era algo de lo que tendría que avergonzarme por no saber que decir.

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